Resiliencia

La resiliencia se entiende como la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y ser transformado positivamente por ellas”

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Cuando tenía seis años pasé de viajar arriba de un autobús a terminar siendo arrollado por el mismo. Tuve que volar desde el sur de Argentina hasta un hospital en la capital para que me amputaran la pierna izquierda, previo intento de reconstrucción.

Cuentan que al llegar al lugar el serrucho me estaba esperando, pero una decisión acertada de mis padres impidió que aquello sucediera.

Siete operaciones en casi un mes y medio y una colección de traumas hicieron posible que me dieran de alta.

A partir de entonces tenía que convivir con mi pierna izquierda reconstruida entre la rodilla y el pie, fractura de pelvis y tobillo, cicatrices en ambas piernas desde las rodillas a las ingles, ya que de ahí se aprovechó piel para hacerme injertos, además de escoliosis y hasta ese momento era eso.

Obviamente los cuidados tenían que ser extremos, la mínima infección podía derivar en gangrena y si había gangrena había amputación; no recuerdo la picazón, pero si recuerdo que a pesar de dormir con las manos atadas para evitar que me rasque y me lastime, al despertar ambas estaban rojas.

Según los hombres de la bata blanca, la silla de ruedas sería mi amiga inseparable, pero esas cosas que tiene la mente hicieron que soñase que caminaba y así, unas horas antes de ir a elegir mi medio de transporte una fuerza me impulsó para ir sosteniéndome, en pie y aferrándome a las paredes pude llegar y quedarme quieto en el mismo lugar que había soñado. Si, los sueños pueden hacerse realidad.

Hubo que hacer un cambio importante en el tratamiento, tenía posibilidades de volver a caminar.

Fue con siete años y un par de días que tuve volver a aprender a ponerme de pie y a dar mis primeros pasos por segunda vez en la vida.

Nuevamente los médicos dictaminaron y dijeron que quedaría rengo, cojo, que entre los problemas de las piernas y la espalda llegaría a los treinta años con bastón.

Tres meses después estaba caminando sin ningún tipo de inconvenientes, me cansaba más, no usaba pantalones cortos (el ojo de la gente hacía efecto sobre mi cuerpo), llevaba protecciones de crema cicatrizante, gomaespuma y vendas elásticas que además de pesar y picar hacían de musculatura y protección.

Me dijeron que hacia los dieciocho años y según como vaya creciendo esa malla (esa era el nombre de lo que me habían hecho) realizarían una operación que estiraría mi piel sana y recubrirían las heridas, una cuestión de estética y una esperanza que desapareció el día que me dijeron que crecí demasiado, que sería imposible. Me disgustó, pero no lloré, no lloré tanto, por aquel entonces fue una desilusión más causada por mi pierna.

Paralelamente los problemas de espalda y de circulación iban creciendo a mi lado, los analgésicos fueron cada vez más fuerte y los dolores también.

Por esas cosas que tiene la ambición humana, aquello que debería haber sido para mis cuidados fue esfumado por las personas menos pensadas y en soledad, con mis problemas físicos a cuestas seguí mi camino.

A esta altura debe darse por hecho que no recibí los tratamientos necesarios y en un determinado momento mi cuerpo dijo basta y de tanto en tanto un mes en cama acompañaba mis dolores y mi vida.

Al igual que cuando era pequeño, la necesidad y la fuerza interior me hicieron levantar de la cama y buscar una alternativa.

Hoy, pasada ya la dichosa barrera de los treinta, no llevo bastón, los dolores duelen, pero duelen menos, las heridas físicas siguen ahí, presentes como tatuajes.

Orgulloso puedo salir al mundo y decir que todo eso es parte de mí. El haber superado las expectativas de los que saben, el mirar debajo de mi cintura y no sentir vergüenza de mí mismo, porque todo eso, todo el dolor es lo que me ha hecho fuerte, lo que me ha hecho ser quien soy.

Es cierto, no he jugado mucho a fútbol, pero me dediqué a estudiar, me dediqué a conocer, a observar, a pulirme.

Nunca creí en mis dificultades y siempre me consideré igual a todo el mundo, por eso cada vez que contaba mi caso había quien no lo creía, porque siempre viví como el resto, haciendo cosas similares, aparentemente sin ningún tipo de problemas físicos, cuidándome un poco más, pero a la altura de las circunstancias.

No sólo las experiencias me han hecho fuerte, sino que me han vuelto más seguro de mí mismo, de mi capacidad. Discapacitado es una etiqueta social que hasta el día de hoy me queda pequeña.

He crecido continuamente mirando hacia adelante, por eso es que siempre busco superarme día a día, aprendiendo, mejorando hasta alcanzar cada objetivo, hasta superar cada desafío que se presente.

Tengo que admitirlo y lo digo con orgullo, estoy feliz de ser quien y como soy. Estoy muy feliz de ser resiliente.

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7 pensamientos en “Resiliencia

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